Facilitación gráfica: una potente herramienta para la formación… y mucho más

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¿Cómo convertir en accesible aquello que no siempre lo es?

Mucho antes de las presentaciones en PowerPoint, las actas de reuniones o los marcos de competencias, el ser humano ya buscaba entender el mundo que le rodeaba. Buena prueba de ello son las pinturas rupestres, en las que se representaban, esquematizaban y transmitían hechos para las generaciones futuras, y en las que, más que crear obras de arte (aunque dicho aspecto ya estaba presente), el objetivo era dejar una huella inteligible en un entorno incierto.

Contar con referencias es una necesidad previa a la existencia del lenguaje

El ser humano dibujaba para evitar perderse, y esa conexión con lo visual nunca desapareció; simplemente se vio sustituida, con el tiempo, por un sinfín de textos, diapositivas y documentos, hasta quedar prácticamente diluida en nuestra cotidianidad profesional.

Sin embargo, a principios del siglo XX, pedagogos como Maria Montessori o Rudolf Steiner llegaron a una sencilla conclusión: que las cosas no se comprenden únicamente a través del lenguaje, sino también a través de formas, puntos de referencia y estructuras. Por ello, introdujeron en su idea de aprendizaje elementos concretos, visuales o manipulables.

En cualquier caso, la facilitación gráfica no empezó a constituirse plenamente como práctica profesional hasta los años 70 y 80 del siglo XX. Pioneros como David Sibbet, fundador de The Grove Consultants International, contribuyeron de forma significativa a establecer métodos que, a través de un soporte visual, sirvieran de apoyo a los equipos. La idea era casi antintuitiva: más que seguir añadiendo contenido sin parar, había que empezar a representarlo.

La intuición convertida en método

Con el tiempo, esta lógica fue extendiéndose en el ámbito de la gestión empresarial, de la innovación y de la pedagogía, y títulos como Pensamiento visual de David Sibbet, Tu mundo en una servilleta de Dan Roam o Visual Thinking de Willemien Brand contribuyeron a que dicha filosofía ganara en repercusión y accesibilidad.

Información excesiva, comprensión insuficiente

Aunque podría pensarse que nunca habíamos estado tan bien informados como en la actualidad, en muchos contextos profesionales, la sensación que cunde no es de mayor claridad de ideas, sino de saturación. El término «infobesidad» empieza a abrirse camino, y puede definirse como la sensación de abrir diez pestañas a la vez sin llegar nunca a cerrar ninguna: disponemos de todos los datos, pero están desorganizados.

En el ámbito de la formación, este fenómeno salta especialmente a la vista, puesto que los contenidos suelen ser completos y detallados y están bien diseñados y, sin embargo, a veces no basta. Los alumnos siguen, leen y escuchan el material, pero a veces les cuesta relacionar, ordenar y asimilar lo aprendido. Entender no solo consiste en acumular información, sino también en conseguir darle forma.

¿Cuál es el auténtico problema?

Seguimos pidiendo con demasiada frecuencia al cerebro hacer todo el trabajo «arquitectónico»: filtrar, organizar, relacionar y memorizar la información, y es precisamente ahí donde la facilitación gráfica adquiere sentido.

Visibilizar el pensamiento

La facilitación gráfica consiste en traducir ideas, interacciones o conceptos a formato visual, recurriendo a elementos sencillos como cuadros, flechas, pictogramas, vínculos o estructuras espaciales. El desafío no es estético, sino cognitivo.

Al visibilizar la relación entre las ideas organizando deliberadamente el espacio, permitimos que un grupo o individuo entienda mejor lo que está en juego, y esas mismas ideas dejan de quedar implícitas o dispersas, y se convierten en algo perceptible y que puede comunicarse y debatirse. Pasamos de una sucesión de palabras a un mapa visual que, muy a menudo, nos permite ubicarnos.

Esta lógica converge, además, con las conclusiones de numerosos trabajos sobre aprendizaje multimedia y carga cognitiva, que indican que la forma de presentar la información influye directamente en su comprensión. Las estrategias que parten de la teoría del aprendizaje multimedia o de la carga cognitiva promulgan que un soporte visual bien diseñado puede reducir la sobrecarga inútil y ayudar a estructurar la información esencial.

Cambios concretos

Al convertir una idea en «visible», se vuelve concreta y más fácil de manejar: podemos cambiarla de lugar, conectarla, cuestionarla o completarla. Y, en contra de lo que suele pensarse, no hace falta ser un artista para conseguirlo: bastan una serie de formas sencillas, una organización jerárquica clara y algo de intención para transformar el proceso de comprensión.

Un conjunto de recursos que a menudo se confunden

Los recursos visuales están de moda, pero pueden dar lugar a confusión y a que mezclemos estrategias como el sketchnoting, el graphic recording o el visual thinking, como si se tratara de herramientas intercambiables porque todas recurren a dibujos o esquemas.

Aunque en principio todas pueden parecer similares, lo que varía es el contexto en que operan.

  • El sketchnoting es principalmente una iniciativa individual: consiste en tomar notas durante, por ejemplo, una reunión, y combinar texto y elementos visuales para entender mejor y memorizar determinada información.
  • El graphic recording, a veces llamado scribing, consiste más bien en plasmar en formato visual lo que se está diciendo en directo durante, por ejemplo, una conferencia, sin intervenir en el desarrollo de la interacción.
  • La técnica de hablar y dibujar permite a una persona ir ilustrando las ideas que pretende transmitir, ya hagan referencia a un concepto teórico o a una metodología. Se trata de una estrategia muy utilizada en equipos de proyectos y por los profesionales que promueven las metodologías ágiles.
  • La representación visual sirve para sintetizar gráficamente la información compleja y para utilizarla en ámbitos formativos.
  • También podemos incluir en este panorama el mapa mental, más comúnmente conocido y que hace brotar de una idea central ramificaciones, ideas secundarias, conexiones y prioridades. Y es que, mientras que la facilitación gráfica es más completa en casos de reflexión colectiva o interacción en directo, el mapa mental suele servir de primer paso, como forma sencilla de visibilizar el entramado de un razonamiento, de preparar un proyecto, de sintetizar un contenido o de aclarar un proceso. La obra de Tony Buzan, estrechamente ligada a la difusión del mind mapping, ha contribuido en gran medida a introducir esta lógica visual en numerosos contextos educativos y profesionales.

Un recurso aún por explotar en el campo de la formación

En el ámbito de la formación profesional, la facilitación gráfica aporta respuestas especialmente interesantes a un desafío de sobra conocido: velar por que los alumnos no se limiten a leer contenidos y por que realmente los entiendan.

Cuando un concepto se representa en forma de esquema, suele volverse más accesible; cuando un grupo de personas construye conjuntamente una síntesis visual, hace suyo un contenido de forma activa y cuando el alumno organiza visualmente sus ideas, su propio razonamiento se vuelve más claro. En este contexto, el mapa mental suele desempeñar un papel muy concreto: transformar una sucesión de datos en una panorámica global, establecer relaciones entre conceptos y permitirnos pasar de una lógica enumerativa a otra estructurada. Dejamos, entonces, de encadenar ideas como si fueran vagones de tren y empezamos a fijarnos en cómo se articulan en un todo.

Un ejemplo muy interesante puede ser el del balance de competencias. Visualizar una trayectoria profesional, representar las competencias propias o dar forma a un proyecto puede permitirnos pasar de una impresión vaga a una percepción más concreta. La facilitación gráfica actúa, por tanto, como una rampa de acceso: no sustituye la reflexión ni el contenido; más bien facilita el camino al aprendizaje. A menudo, no retenemos mejor una idea por haber leído más, sino por haber conectado mejor unos conceptos con otros.

Mucho más allá del ámbito formativo

La formación es un ámbito en el resulta especialmente pertinente aplicar la facilitación gráfica, pero esta no se limita ni mucho menos a dicho campo. En las organizaciones, permite poner por escrito debates complejos, estructurar sesiones de trabajo, asistir en procesos de toma de decisiones, aclarar estrategias u ofrecer soporte en labores de comunicación interna.

En una reunión tradicional, cada participante suele marcharse con su propia interpretación de lo abordado, mientras que en una reunión en la que se emplea la facilitación gráfica, el grupo dispone de una representación que, aunque no sea perfecta, es común a todos. Además, en entornos en los que los desafíos son numerosos y los puntos de vista divergen, pasar de múltiples perspectivas individuales a una visión compartida cambia sustancialmente la dinámica colectiva.

Sin duda, las herramientas digitales han ayudado a extender estas prácticas, y gracias a plataformas como Miro, que permiten la elaboración común de esquemas y transformar las ideas en mapas estructurados, el uso colaborativo de recursos visuales es ahora más accesible, especialmente a distancia.

Límites: cuando el mapa sustituye al territorio

Como ocurre con cualquier otro recurso potente, puede hacerse un mal uso de la facilitación gráfica. A fuerza de intentar simplificar conceptos, podemos terminar reduciendo su alcance, y a fuerza de estructurar y de querer clasificar, podemos acabar limitando el significado de un concepto. Una representación demasiado pulcra puede, por tanto, dar la impresión de que todo está claro, aunque en realidad lo conveniente sería que ciertos aspectos quedasen abiertos, se debatieran o se profundizara en ellos.

La trampa en la que no se debe caer

Un mapa nos ayuda a orientarnos sin sustituir nunca al territorio. Igualmente, la facilitación gráfica no está pensada para allanar la complejidad hasta hacerla desaparecer, sino para que resulte más llevadera.

Por otra parte, es importante lidiar con obstáculos de sobra conocidos. Sigue calando la idea de que la facilitación gráfica exige saber dibujar, y de que es un recurso que consume mucho tiempo o que no está adaptado a contextos considerados «serios». En realidad, estas ideas preconcebidas suelen decir más de nuestra relación con las herramientas visuales que del propio recurso.

Desde luego, echar mano de la facilitación gráfica no implica convertirse en ilustrador, sino más bien cambiar de perspectiva respecto a la información. Transformar un texto en esquema, representar un proceso, conectar ideas en un papel o poner de relieve etapas en lugar de dejar que pasen desapercibidas en un párrafo constituyen, a menudo, gestos sencillos que, sin embargo, nos ponen sobre la pista. El mapa mental es una de estas herramientas accesibles que permiten un cambio de perspectiva sin una sofisticación excesiva pero con un gran potencial aclaratorio.

A fin de cuentas, saber dibujar es lo de menos: lo importante es que lo que elaboramos se entienda realmente y no solo se «deje leer». En nuestro entorno profesional, los contenidos tienden a acumularse y la atención, a fragmentarse, por lo que nuestra capacidad aclaratoria constituye una competencia clave. La facilitación gráfica, en definitiva, no tiene por qué considerarse una competencia artística: es, ante todo, una herramienta para comunicar con claridad.

Johann-Vidalenc- Digiformag Auteur

Johann Vidalenc

Después de haber trabajado en funciones de recursos humanos, luego en 2 OPCO, ahora apoyo a las organizaciones de capacitación en temas de calidad, certificación profesional, financiamiento y monitoreo regulatorio en el campo de la capacitación profesional. Decididamente centrado en las operaciones y las soluciones concretas, busco sobre todo hacer que las noticias de formación sean accesibles al mayor número de personas posible.

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