La idea de que hay que elegir entre enseñanza sincrónica y asincrónica sigue estando muy generalizada, pero ambas se complementan a la perfección y, juntas, aportan auténtico valor añadido a la experiencia de formación.
Aún falta un cambio de mentalidad: seguimos viéndolo todo en blanco o negro, y concebimos una formación o 100 % sincrónica o 100 % virtual. Sin embargo, el formato híbrido es una magnífica opción en muchos casos, puesto que combina lo mejor de ambos modelos; es decir, la interacción y las dinámicas del directo más la flexibilidad y los tiempos de asimilación de la enseñanza asincrónica.
Muchos formadores viven con frustración tener que repetir en cada sesión conceptos básicos, fundamentos teóricos, instrucciones… Los alumnos, por su parte, suelen afirmar que empezaron la formación motivados pero que, a diario en su puesto de trabajo, les cuesta poner en práctica lo aprendido. Son situaciones que en el sector conocemos bien y en las que la enseñanza híbrida puede ayudar.
Antes de empezar: sentar bases y generar confianza
Proponer una parte de contenidos asincrónicos antes de empezar puede suponer un gran cambio, puesto que permite al alumnado descubrir nociones clave, repasar conceptos fundamentales y entender el contexto con tiempo.
Algunos alumnos llegan más tranquilos, ya que saben de qué se va a hablar; otros agradecen poder avanzar tranquilamente, a su ritmo.
Aunque puede ocurrir que no todos muestren interés, el simple hecho de tener un contacto temprano con la formación implica una diferencia, y es que la sesión ya no empieza a las 9 de la mañana con el primer café, sino que es posible venir mentalizado de antes.
Durante la formación: más interacción y menos teoría
Cuando las bases se sientan por adelantado, la actividad en directo es más dinámica y el formador puede centrarse en lo que más valor aporta: la interacción, la práctica y las reacciones.
Los momentos compartidos son más eficaces, dado que se dedica menos tiempo a plantear los puntos de partida y más a comunicar contenido.
Es cierto que no todo el mundo llega necesariamente con el mismo nivel de preparación, pero los que hayan podido avanzar por su cuenta aprovecharán mejor las clases.
En definitiva, el grupo progresará más rápidamente, porque el debate será más profundo, más ágil y más concreto.
Tras la formación: evitar que la motivación se desinfle
Es habitual ver a todo el mundo motivado justo después de la formación, pero, con el paso de los días, el ritmo cotidiano pasa por encima de todo.
Plantear un seguimiento asincrónico, aunque sea puntual, permite prolongar la dinámica inicial.
Fijar hitos sencillos pero regulares (una llamada, una píldora formativa, un ejercicio práctico…) ayuda a mantener la motivación y a convertir la formación en auténtica evolución.
Mayor comodidad para el formador
Las metodologías asincrónicas sirven también para dar un respiro al formador.
Ciertos contenidos que se repiten constantemente pueden grabarse una vez y aprovecharse después las veces que haga falta, lo cual permite ahorrar tiempo y energía para destinarlos a lo más importante: la interacción, las preguntas y las experiencias reales.
Se trata de una forma diferente de trabajar, más centrada en las relaciones y el acompañamiento y con la que el papel del formador adquiere un nuevo sentido.
Límites para tener en cuenta
Este formato exige dedicar tiempo y mucha implicación. Antes de empezar la formación, los participantes deben sacar tiempo para el aprendizaje autónomo, y las empresas deben permitírselo. También implica un cambio de planteamiento, puesto que el alumno pasa a ser parte activa de su formación de principio a fin.
El modelo, por tanto, no es apto para todos los públicos ni para todas las temáticas, pero es una opción para tener en cuenta. A fin de cuentas, lo que hay que plantearse es cuál va a ser la fórmula que dote de mayor sentido a la experiencia formativa.
El equilibrio adecuado entre enseñanza sincrónica y asincrónica
La enseñanza asincrónica completa lo que aporta la sincrónica sin sustituirlo y, al combinar ambas, favorecemos una experiencia más ágil, equilibrada y duradera. Primero preparamos, después experimentamos y, por último, afianzamos.
La cuestión no es digitalizar por digitalizar, sino saber cómo articular formatos para diseñar formaciones más dinámicas, más útiles y que continúen dando sus frutos una vez terminada la sesión.
