A menudo, la Ley de IA se presenta como una nueva oportunidad comercial para los organismos de formación, y en cierto modo lo es, ya que las empresas van a tener que desarrollar competencias en el uso de la inteligencia artificial. Es probable, sin embargo, que para los organismos de formación la cuestión de fondo sea otra.
Antes de diseñar nuevas formaciones en «IA responsable», la «Ley de IA» o «alfabetización en IA», conviene evaluar las prácticas propias. ¿Quiénes utilizan la IA en el seno de la organización? ¿Para elaborar qué contenidos? ¿Con qué datos? ¿Con qué nivel de supervisión humana? ¿Qué repercusiones se esperan sobre alumnos, clientes o formadores?
La Ley de IA no se limita a crear nuevas oportunidades de mercado, sino que obliga en particular a los organismos de formación a profesionalizar los usos propios de la inteligencia artificial.
La Ley de IA no solo afecta a los gigantes tecnológicos.
Cuando oímos hablar de inteligencia artificial y reglamentación europea, rápidamente nos vienen a la mente grandes empresas del sector digital, desarrolladores de software, plataformas, modelos generativos e ingenieros con bata blanca trabajando con líneas de código.
Sin embargo, la Ley de IA no solo afecta a los desarrolladores de sistemas de inteligencia artificial.
Un organismo de formación puede verse afectado simplemente por utilizar herramientas de IA en su labor cotidiana: generación de contenidos, asistencia para el diseño de materiales formativos, corrección, análisis de datos, chatbots, automatización administrativa, herramientas de scoring, traducción, resumen de documentos, etc.
El Reglamento Europeo de Inteligencia Artificial entró en vigor el 1 de agosto de 2024 de forma escalonada. Desde el 2 de agosto de 2026, todas sus normas han de ser aplicables, con excepciones. Ciertas disposiciones son aplicables desde el 2 de febrero de 2025, en concreto las relativas a alfabetización en IA.
Es ahí donde está el meollo de la cuestión para los organismos de formación. Porque la pregunta no es tanto si puedo vender una formación en IA a mis clientes, sino, más bien, si mi propio organismo utiliza la IA de forma controlada, coherente y responsable.
La respuesta a esto último no siempre está clara, pero hay que reconocer que casi todos hemos utilizado herramientas de IA en nuestra actividad de formación, independientemente de si somos formadores, creadores de contenidos educativos, comerciales o directivos. Quizás incluso las utilicemos a diario.
Los organismos de formación ya utilizan la IA, aunque no siempre de manera formal
Seamos sinceros: muchos organismos de formación ya están utilizando la IA.
No todos lo hacen de forma intensiva. Además, a menudo carecen de un plan estratégico sólido y especialmente de una política interna aprobada por el comité de dirección. En cualquier caso, es innegable que la IA ya es una realidad.
Un colaborador utiliza ChatGPT para rediseñar un programa. Un responsable de formación elabora propuestas de cuestionarios. Un formador prepara una secuencia didáctica con una herramienta de redacción. Un encargado de marketing redacta publicaciones de LinkedIn con IA. Un comercial sintetiza una convocatoria de licitación. Un equipo de calidad recurre a una herramienta para resumir encuestas de satisfacción. Un organismo de formación prueba un chatbot en su web o en su LMS.
La IA, en definitiva, ha ido penetrando poco a poco en los organismos de formación, y no tiene por qué suponer un problema. Permite ahorrar tiempo y ayudar a estructurar ideas, a diseñar un primer boceto, a reformular un contenido, a mejorar materiales de apoyo y a encontrar ejemplos, además de agilizar determinadas tareas administrativas.
El problema, por tanto, no es que un organismo de formación utilice la IA, sino que a veces se usa como si fuera una herramienta neutra, fiable y que no acarrea consecuencias. Cabe señalar, en cualquier caso, que los contenidos que se elaboran en el ámbito de la formación profesional no son algo baladí. Un programa de formación, una evaluación, un certificado, un análisis de necesidades, una adaptación a un público determinado o un material de apoyo pedagógico son factores que condicionan la calidad de la acción formativa, y de los que el organismo es responsable.
La pregunta clave: ¿qué información le damos a la IA?
Una de las claves que deben abordarse es la cuestión de los datos, quizás la más fácil de entender.
En un organismo de formación, los datos que se tratan a diario no siempre son neutros. Entre ellos encontramos información de contacto de clientes, necesidades de empresas, documentación interna, casos individuales, evaluaciones, informes, información de RR. HH. o de los alumnos, casos de discapacidad, hojas de asistencia o material de elaboración propia.
Copiar y pegar el contenido íntegro de una solicitud de un cliente en una herramienta de IA de acceso abierto no implica lo mismo que pedirle ideas para titular un artículo de un blog. Introducir la evaluación de un alumno, un informe pedagógico o información personal en una de estas herramientas, si no se conoce bien, no es una cuestión menor. Y, sin embargo, se trata de gestos que el usuario realiza sin mala intención.
A veces, queremos ir más rápido, reformular, sintetizar o elaborar un documento propio y pensamos que no es tan grave. Pero la clave no está solo en conocer la utilidad de la herramienta, sino en saber qué datos introducir en ella, con qué fin, con qué garantías y con qué nivel de dominio del recurso.
Por tanto, un organismo de formación debería ser capaz de definir, como mínimo, qué información puede darle a la IA y cuál no.
Por ejemplo:
- ¿Se puede integrar un programa de formación interna en una herramienta de IA?
- ¿Se puede introducir un pliego de condiciones de un cliente?
- ¿Se le puede pedir que analice evaluaciones de alumnos?
- ¿Se puede utilizar para reformular un informe individual?
- ¿Y para preparar una respuesta a una licitación?
- ¿Podemos responder las preguntas de los alumnos con un chatbot?
- ¿Es admisible que un formador freelance utilice libremente sus propias herramientas de IA para elaborar material de apoyo?
Estas no son preguntas hipotéticas, sino que corresponden a usos reales. El organismo de formación debe poner coto a esta cuestión; de lo contrario, cada parte acabará actuando por su cuenta y riesgo.
La IA puede mejorar los contenidos… o transmitir una falsa sensación de calidad
Otra cuestión para analizar es la calidad de los contenidos creados. El «talento» de la IA es algo de lo que desconfiar, ya que a menudo parece que nos ofrece un contenido sólido simplemente porque está bien presentado: los textos fluyen, el material está bien estructurado, los títulos están bien formulados, y también las frases. Da la sensación de que nos ha hecho el trabajo, pero, ¿es así en realidad?
Uno de los mayores riesgos de la IA en organismos de formación es, probablemente, el «error con apariencia de correcto». Una herramienta de IA puede crear un programa muy convincente, pero pobre desde el punto de vista pedagógico; inventarse un requisito normativo; confundir una acreditación, una habilitación, una autorización o un simple certificado, o puede plantear objetivos pedagógicos que suenan bien, pero que no se corresponden realmente con las competencias objetivo. En un organismo de formación, esto puede suponer un problema desde el principio, porque el contenido pedagógico no es solo texto: es un compromiso, y debe estar en consonancia con las necesidades, el público, los objetivos, las modalidades de evaluación, los medios pedagógicos, las exigencias normativas y las competencias reales del formador de dicho órgano.
La IA puede ayudar a producir, pero no debe tomar decisiones en lugar del organismo.
Alfabetización en IA
El artículo 4 de la Ley de IA obliga a proveedores y responsables del despliegue de sistemas de IA a «tomar medidas para garantizar que, en la mayor medida posible, su personal y demás personas que se encarguen en su nombre del funcionamiento y la utilización de sistemas de IA tengan un nivel suficiente de alfabetización en materia de IA, teniendo en cuenta sus conocimientos técnicos, su experiencia, su educación y su formación, así como el contexto previsto de uso de los sistemas de IA y las personas o los colectivos de personas en que se van a utilizar dichos sistemas». Es aquí donde se recoge el concepto de «alfabetización en IA», que puede parecer algo abstracto.
En la práctica, la idea es bastante sencilla: las personas que utilicen la IA deben saber lo que están haciendo para no usarla de cualquier manera. La cuestión, por tanto, va mucho más allá del simple prompt engineering.
Formar en IA a los equipos no consiste en enseñarles a escribir prompts en ChatGPT, sino en enseñarles a entender:
- lo que es un sistema de IA;
- lo que la herramienta puede y no puede hacer;
- por qué una respuesta puede ser falsa;
- lo que es una alucinación;
- cómo comprobar una información;
- qué datos no deben transmitirse;
- qué usos son sensibles;
- cuándo es imprescindible la intervención humana;
- cómo dejar constancia de determinados usos;
- cómo informar a las personas afectadas cuando sea necesario.
Para un organismo de formación, el anterior es un punto importante, puesto que no basta con que «alguien del equipo domine ChatGPT». Si varias personas utilizan la IA dentro del organismo, cada una debe contar con un nivel de conocimiento adaptado al uso que haga.
La persona encargada de crear contenido para LinkedIn puede no necesitar dominar la herramienta al mismo nivel que la que utiliza la IA para analizar evaluaciones, elaborar material de apoyo o acompañar a los alumnos.
Las competencias objetivo, por tanto, deberán corresponderse con el uso previsto.
¿Qué medidas debe tomar un organismo de formación?
Sería excesivo afirmar que cualquier organismo de formación está obligado a crear de inmediato toda una estructura documental compleja sobre la IA.
Los pequeños organismos no tienen los mismos medios que los grandes grupos y, además, no se trata de crear un nuevo procedimiento por crearlo. Sin embargo, resulta cada vez más difícil hacer como si la IA no existiera, por lo que los organismos de formación pueden empezar a tomar una serie de medidas sencillas y prácticas.
Cartografiar los usos de la IA
El primer paso consiste en saber qué se está haciendo exactamente. ¿Quién utiliza la IA dentro del organismo? ¿Qué herramientas se utilizan? ¿Para qué tareas? ¿Con qué tipo de datos? ¿Con qué nivel de validación? De esta primera fase se puede extraer mucha información: por ejemplo, en determinados organismos, la dirección piensa que apenas se usa la IA, cuando la realidad es que varias personas la utilizan a diario.
Clasificar los usos por nivel de sensibilidad de los datos
No todos los usos presentan el mismo nivel de riesgo. Pedirle a la IA diez ideas de títulos para un artículo no es igual de arriesgado que subirle un informe relativo a un alumno. Utilizar la IA para reformular un correo comercial no significa lo mismo que hacerlo para diseñar una evaluación para un certificado. El organismo, por tanto, deberá diferenciar entre usos corrientes, usos sensibles y usos no autorizados para no caer en el exceso ni de prohibirlo ni de permitirlo todo.
Definir qué datos no deben divulgarse
Este es, quizás, uno de los principios que antes se deben aclarar.
Un organismo de formación debe definir qué datos no deben copiarse nunca en una herramienta de IA que no se domine: datos personales, sensibles, documentación confidencial de clientes, información sobre casos individuales, información de RR. HH., evaluaciones individualizadas, información confidencial estratégica, etc. La regla debe ser simple, comprensible y fácil de cumplir; de lo contrario, no se respetará.
Formar a los equipos en buenas prácticas
El artículo 4 de la Ley de IA no exige que se forme en inteligencia artificial a cualquier trabajador, sino un dominio de la IA adecuado al uso, al contexto y a las personas en que se vayan a utilizar dichos sistemas.
Para un organismo de formación, esto puede conseguirse con una serie de iniciativas de concienciación a nivel interno, un taller práctico, una guía comentada, con ejemplos de uso autorizados y prohibidos o con una formación específica para las personas que utilizan la IA en labores especialmente sensibles.
Delimitar la producción pedagógica asistida por IA
Este es un punto fundamental para los organismos de formación. Cuando la IA se emplee para elaborar programas, material de apoyo, cuestionarios, evaluaciones o planificaciones didácticas, los organismos deben velar por que ningún contenido generado total o mayoritariamente por IA se difunda sin una validación experta. Esto es especialmente relevante en formaciones regladas, necesarias para conseguir una certificación, habilitantes o vinculadas a obligaciones específicas.
Dejar constancia de los usos
El organismo de formación debe ser capaz de demostrar que ha analizado el uso que hace de la IA, para lo cual puede recurrir a soluciones como una política interna sobre IA, un protocolo sencillo, una lista de herramientas autorizadas o de usos prohibidos, unas normas de validación, un registro de iniciativas de concienciación o ejemplos concretos de usos admitidos, entre muchas otras.
¿Cuál es el papel de los formadores freelance?
Todo lo visto anteriormente afecta también a los formadores freelance que trabajan para los organismos de formación.
Muchos ya utilizan la IA para preparar sus materiales de apoyo, reformular su planificación didáctica, diseñar actividades o cuestionarios o adaptar contenidos. Aunque esto no representa un problema en sí mismo, todo organismo de formación que subcontrate acciones formativas deberá estar al tanto de las prácticas de quienes las imparten.
Si un formador freelance crea con IA un material didáctico con el logo de un organismo para impartir una formación ofrecida por este, la cuestión le afecta también a dicha organización.
Puede ser conveniente, por tanto, establecer algunas normas en la relación con los formadores:
- Abstenerse de introducir en una herramienta de IA no autorizada datos de clientes o alumnos.
- Someter a validación los materiales de apoyo elaborados con la ayuda de la IA.
- Tener precaución con los contenidos normativos.
- Garantizar la trazabilidad de las fuentes cuando sea necesario.
- Respetar la normativa interna del organismo de formación.
Un organismo de formación no puede fijar un marco normativo para sus empleados y permitir que sus subcontratistas actúen de una forma completamente distinta.
El error de limitar el alcance de la Ley de IA a la formación obligatoria
Como ya ha ocurrido otras veces con nuevos textos legislativos, el mercado de la formación corre el riesgo de caer en interpretaciones excesivamente simplistas de esta nueva ley.
De hecho, ya se empieza a oír hablar de que la Ley de IA impone la generalización de la formación en IA, afirmación que convendría matizar.
Es cierto que la Ley de IA plantea la obligación de que tanto proveedores como responsables del despliegue de sistemas de IA tengan un nivel suficiente de alfabetización en la materia, y que para ello pueden ser necesarias iniciativas de formación o concienciación, pero eso no implica automáticamente que todas las empresas deban adquirir una misma formación común para todos sus empleados. La cuestión de la formación deberá tratarse en función del uso real de la IA.
Una empresa que emplee puntualmente la IA para redactar un texto interno no tendrá las mismas necesidades que un organismo que incorpore una herramienta de IA a un itinerario formativo, a un proceso de evaluación o como apoyo para la toma de decisiones. En ese sentido, el papel de los organismos de formación adquiere especial relevancia a la hora de ayudar a sus clientes a entender los posibles usos y riesgos que conlleva esta tecnología, así como cuáles pueden ser sus necesidades reales. Aunque, antes que nada, los organismos deben aplicarse a sí mismos dicha reflexión.
Conclusiones
La Ley de IA no debe interpretarse únicamente como una nueva oportunidad comercial para los organismos de formación. Antes de formar a sus clientes en inteligencia artificial, a los organismos de formación les conviene analizar qué uso hacen de ella a nivel interno: de qué herramientas disponen, qué prácticas llevan a cabo, con qué datos trabajan, qué controles ponen en marcha y cuáles son sus responsabilidades.
La IA permite ahorrar tiempo, agiliza el diseño y producción de contenidos formativos y ayuda a los equipos a ser más eficaces. Sin embargo, cuando se utiliza sin pautas definidas, puede dar pie a errores difíciles de detectar, exponer datos sensibles u ofrecer una falsa sensación de control.
Para los organismos de formación, el desafío no radica en elegir entre utilizar o no la IA, sino en aprender a utilizarla como herramienta profesional: metódicamente y con perspectiva y responsabilidad. Solo a partir de aquí podrán considerarse legitimados para acompañar a los clientes en esta cuestión.
